Instalacion para la III Bienal de Arquitectura Española, Madrid-Comillas. 1996 Exponer arquitectura plantea dos preguntas básicas: ¿qué es lo que es susceptible de ser comunicado? Y ¿cómo hacer otra arquitectura superpuesta que acepte como positiva su fugacidad, que obtenga de ella su sentido? Resultaba atractivo disponer las 28 obras de la bienal como un conjunto de conferenciantes autómatas capaces de construir, en su disposición, escala y variedad, otra experiencia espacial, que nos invita a pasear, mirar, oir, estudiar, elegir o tropezar con algún recinto más especializado. Frente a los sistemas tradicionales de exposición o los más hipertecnificados, el modelo inmediato de la charla o conferencia con diapositivas - luz y voces en una sala semioscura- ofrece, sin duda una trasmisión más eficaz e intensa de la arquitectura. Parecía embaucador lograr que ese espacio virtual fuese construido por el propio paseante al aproximarse a los autómatas, que el propio vagabundeo activase todos los dispositivos construyendo cada vez una experiencia visual y acústica diferente, propia e individual, implicando así sujeto y objetos. Pero esta arquitectura de colores y sonido, construida con la ilusión de otras arquitecturas, necesita un soporte que le dé sentido y naturalidad. El pavimento ideado por Gerhard Richter ahorraba cualquier esfuerzo extra: de él podía surgir, con la misma identificación que tienen las arquitecturas tradicionales con su soporte natural, esta celebración de la fantasía construida a través de las fantasías de los demás. Esta alfombra mágica nos depositaría en cada lugar reaccionando siempre de forma diferente: en Comillas, jugando con el modernismo bizantino y jesuítico de Doménech i Montaner; en Madrid, contrastando con el sentido afirmativo de la arquitectura civil de Secundino Zuazo.
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